domingo, 19 de octubre de 2025

Peligros naturales en Uruguay

 Hola. Sí, en Uruguay la naturaleza es hermosa pero también peligrosa, como en todos lados. Hay practicar actividades al aire libre, sobre todo campismo, ese potencial peligro es muy real. En puertos naturales, al lado de ríos y arroyos, siempre hay que buscar pistas de hasta dónde llegó la última creciente. La más fácil de encontrar es la resaca que deja el paso del agua contra los árboles, matas de pasto, alambrados, cualquier lugar donde lo que arrastra la corriente se pueda depositar. En el monte es común que encuentres eso en las copas de los árboles, porque el monte nativo suele inundarse completamente. 

Con esto no digo que no se pueda acampar en zonas así, de hecho, como ya mencioné, casi todo el monte nativo es inundable. Digo que hay que tener precaución. Ser consciente que una lluvia intensa puede anegar un lugar así rápidamente. Y a veces se complica la decisión de irse o no. Parece una tontería, pero tomar la decisión correcta puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. 

A veces puede costar retirarse, porque justo es el fin de semana que por fin pudiste darte una escapadita a la naturaleza, y el lugar está lejos, no fue fácil llegar, y siempre se cruza ese pensamiento de, ¿y si al final llueve poco? En estos casos siempre hay que pensar si vale la pena el riesgo. Si se lo piensa bien, la respuesta tiene que ser, no. Para aportar un poco más sobre esto pero de forma entretenida, dejo aquí un cuento sobre este tema. Gracias. 

                                     Tormenta de Verano

 En el monte solo se escuchaban los golpes de las hachas, y el grujido de los árboles antes de retumbar contra el suelo. Al hacer una pequeña pausa, Simón se dio cuenta de eso. Federico estaba empinando una botella de agua toda abollada ya por el uso.

—Hay tormenta —le dijo Simón—. No hay ni un pájaro cantando.

—¿Será? —preguntó Federico mientras se pasaba la mano por la boca, y le ofrecía la botella a su compañero. 

El aire estaba cargado de olor a madera cortada. A su alrededor había algunos árboles caídos, pero eran más los que se mantenían erguidos y desafiantes. No a muchos metros de ellos, un río turbio aparecía aquí y allá entre el follaje. Sobre el claro que abrieron los muchachos, se veía un cielo gris oscuro que cambiaba rápidamente revolviéndose en nubes que se agrupaban y separaban pasando raudas y en desorden. Cuando el cielo por fin se ordenara en un gris parejo iba a llover. Federico puso sus manos en la espalda baja encorvándose un poco, he hizo un gesto de dolor, después suspiró profundamente, resignado, y se acomodó para darle otro hachazo a un tronco. No descargó el golpe porque Simón le preguntó:

—¿Qué hacemos entonces?

—¿Qué hacemos con qué? —preguntó a su vez Federico, aunque sabía de qué hablaba su compañero.

—Con la tormenta. Si nos agarra mucha lluvia aquí puede aislarnos como si nada, y el campamento está en una parte que se anega (inunda) en un rato igual, si llueve mucho.

—Y bueno, pero no podemos dejar el trabajo así nomás, si ni llovió todavía. ¿Y si nos vamos y después caen solo unas gotas, eh? El monteador es como el tatú (un tipo de armadillo), sale de su cueva solo si le inunda mucho.

—Sí, es cierto, pero los tatú pueden andar como una lancha por el monte inundado, y nosotros no —protestó Simón. 

Federico se encogió de hombros y siguió hacha y hacha. Aquel gesto no era claro, tanto podía significar que no le importaba, que había que resignarse o que le daba lo mismo. Simón siguió trabajando, aunque de mala gana. Eran las últimas horas de la tarde y el sol ya no se veía por la acumulación de nubes. De a ratos soplaba un viento refrescante que aliviaba a los monteadores; pero ese mismo viento estaba orquestando la tormenta que se amontonaba sobre toda la región. Las nubes formaron una gran masa uniforme, como una cubierta del cielo, y empezaron a caer las primeras goteras. Caían aisladamente, pero eran inmensas. Las hojas se inclinaban hacia abajo con el golpe de cada gotera y era una precipitación cálida, casi tibia. 

—Se nos viene el mundo abajo —le dijo Simón a su compañero. 

—No creo que de para tanto —comentó Federico mirando hacia arriba con un ojo solo, porque en el otro le había caído una gotera. 

—Pues yo sí. Si se inunda de golpe vamos a perder todo, en el mejor de los casos, si nos salvamos. Te lo digo, en esta parte el río crece rápido.

Federico iba a objetar eso, pero una gotera enorme le cayó en el labio. Sonaban tan fuerte en el monte que parecía que eran piedras. Y entonces retumbaron unos truenos fuertes que hasta sintieron bajo sus pies.  Simón dejó el hacha y lo miró a su compañero.

—Bueno, bueno —dijo Federico—. Levantemos campamento entonces, solo para que no sigas con eso. Para mí que va a ser poca cosa, te lo apuesto. 

—¿Cuánto? —lo desafió Simón.

—No, con plata no. Un paquete de tabaco.

—Acepto —y se dieron la mano. 

Fueron hasta su campamento, donde estaba la carpa toda emparchada que usaban y empezaron a levantarlo. Con cada momento que pasaba Federico empezó a creerse perdedor de la apuesta porque tronaba por todos lados. Estaban en la orilla del río y el agua se veía picada por la lluvia. También la oscuridad crecía minuto a minuto. Mientras arrollaban lonas y aprontaban sus bolsos, pensaron en lo difícil que iba a ser atravesar el monte con aquella media luz. 

Y con una carga bastante grande sobre sus espaldas, empezaron la caminata. La lluvia no estaba mucho más fuerte, pero parecía que en cualquier momento se podía desatar un aguacero torrencial. Iban por un sendero muy angosto que desaparecía en algunas partes, entonces tenían que abrirse camino agachados o gateando. La precipitación no caía directamente en las partes más densas del monte, solo sonaba allá arriba y resbalaba lentamente por incontables hojas diminutas. Cuando la oscuridad fue mucha encendieron sus linternas. Pero una luz puede traer confusión en un lugar muy tupido porque los haces de las linternas solo iluminan pequeñas partes y generan muchas sombras movedizas.

Cerca del límite del monte el terreno empezaba a elevarse. Suspiraron al salir de la fronda, e hicieron una pausa porque desde ahí la subida era bastante pronunciada. Llegaron al nivel de los árboles y lo sobrepasaron al alcanzar la cima. Allí era un buen lugar para acampar, era campo y desde ahí ese paisaje se extendía hasta levantarse en unos cerros kilómetros más allá. 

El monte era ahora una gran masa negra que murmuraba bajo la lluvia. En esas condiciones pasaron mucho trabajo levantando de nuevo la carpa, mas ellos estaban acostumbrados a condiciones malas. Al fin respiraron aliviados bajo la protección emparchada. Cuando encendieron un farol para comer algo el golpeteo en la carpa empezó a disminuir.

—¡Ya te lo decía yo! —exclamó Federico—. No iba a ser gran cosa, viste.

—Por ahora no, pero puede empezar más fuerte, y si nos agarra allá abajo, ¿Quién nos salva?

—Es esto nomás, una lluvia como para refrescar, pura ruidos, la tal tormenta de verano que le llaman. Pasamos trabajo al santo botón.

—Puede que sí, pero lo que yo sé es que aquí voy a dormir tranquilo, y allá abajo no. ¿Dónde pusiste el pan? Me suenan las tripas.

—Sí, tus tripas suenan más que la tormenta ¡Jaja! Ahí tienes, y la carne seca. ¡Ah! Casi me olvido, ¿y el paquete de tabaco que me gané?

—Todavía es temprano, no te sientas ganador, esperemos a la mañana.

—Bueno, igual te voy a ganar. Escucha, está parando ¡Jajaja!

Y paró, aunque en la lejanía seguían retumbando truenos. Cansados por la jornada, se durmieron al rato de haber comido. Simón se despertó al amanecer y salió de la carpa. Un momento después llamó a su compañero.

—¡Hora de levantarse! ¡Tenías razón, al final no llovió casi nada!

—Te lo dije —comentó Federico bostezando dentro de la carpa. Cuando salió quedó asombrado.

Simón sonreía ampliamente. Delante de ellos, donde antes había un monte ahora era todo río y solo unas pocas copas sobresalían de la superficie. El agua corría llena de líneas de corrientes y remolinos. Había anegado todo el monte y se encontraba apenas por abajo de la cima donde estaban ellos. En la zona había llovido poco pero río arriba habían caído verdaderos diluvios durante toda la noche. Federico entró a la carpa y salió con un paquete de tabaco sin abrir. Nunca en su vida se alegró tanto al perder una apuesta. 



domingo, 31 de agosto de 2025

Cambio Climático y Actividades Al Aire Libre

   Aquí dejo un pequeño cuento sobre el cambio climático. Es ficción, pero me sirve para opinar algo sobre el tema.



Todos los que practican actividades al aire libre tienen que tener muy en cuenta lo extremo que está el clima hoy en día. ¿Por qué tanto cambio en poco tiempo? ¿Es culpa de los humanos, es solo un proceso natural de los tantos que hubo a lo lago de la historia de la Tierra? 

Lo que tendría que preocuparnos primero es que es real, está ahí, y tenemos que adaptarnos a él. Adaptar nuestras rutinas al aire libre, no hablo de hacerle caso en todo a los que usan este tema quién sabe con qué fines. Obviamente hablo de los políticos. 

Aquí no vengo a tratar eso. Abordo el tema desde lo práctico. Está ahí, hay que adaptarse.

El clima siempre fue un factor de riesgo en la naturaleza, pero ahora está más extremo.

¿Qué podemos hacer? Ir más preparados, con más equipo, estar atento a los pronósticos del tiempo, a las alertas. Planificar qué hacer en diferentes situaciones. Claro que todo esto es algo muy extenso. Lo veremos en otras entradas en el blog. Ahora el cuento para entretener. 

                                                               El Frío

Sam sintió tanto frío que creyó que la puerta de la cabaña estaba abierta. “El descuidado de Ariel fue a la letrina y no se molestó en cerrar la puerta, descuidado”, pensó Sam al levantarse. La cabaña era muy básica, tenía una pieza sola y estaba mayormente oscura.

 Caminó unos pasos sin pensar y con los ojos entrecerrados por el sueño y el frío. En el umbral de la puerta estiró el brazo, y se sorprendió al descubrir que no estaba abierta. Giró entonces hacia la estufa tipo salamandra que se encontraba a un costado de él. La luz rojiza que escapaba de la ventilación del artefacto, que en ese momento era la única fuente de luz allí, indicaba que todavía tenía bastante leña encendida.

 Pero aquel frío decía otra cosa, por eso fue hasta la mesa, tanteó la esquina y tomó el trozo de cuero que usaban para agarrar la manija caliente de la estufa. Podía tener más leña, pero todavía le quedaba bastante. ¿¡Entonces de dónde venía aquel endemoniado frío!? Mientras Sam inspeccionaba la estufa, Ariel se había levantado, y envuelto en frazadas estaba detrás de él.

—Que condenado frío que hace —comentó Ariel haciendo que su compañero se sobresaltara.
—¡Y condenado tú, que me hablas así de golpe! —le dijo Sam volviéndose hacia él.
—Disculpa, creí que habías notado que me levanté. ¿La estufa se quedó sin leña?
—Eso pensé, pero le quedaba bastante —le informó Sam abriendo la puerta metálica.
—¿Y por qué hace tanto frío? —preguntó ahora Ariel mirando hacia el rectángulo oscuro que era la puerta.
—Está cerrada, es lo primero que revisé —le dijo Sam intuyendo lo que su compañero pensaba, cuando lo vio mirar hacia la puerta.
—¿Qué pasa entonces? Me estoy helando.
—Lo mismo yo. Enciende el farol mientras pongo más leña.

Ariel encendió el farol, la luz se extendió por toda la pieza, y lo primero que hicieron los dos fue levantar la mirada hacia el techo. Ariel, sujetándose las frazadas que lo envolvían con la mano izquierda, levantó el farol con la otra y lo dirigió hacia los rincones.

 No había ni un hueco en la madera, y nada parecía roto. Sam iba a comentar algo, pero se encogió de hombros por el frío y fue hasta su cama para imitar a su compañero. Volvió al lado de la estufa envuelto en frazadas. 
Se encontraban en una región muy remota de Canadá. Fuera solo había nieve, oscuridad, árboles y un paisaje de montañas blancas asomando por encima de todo. Era invierno y sabían que allí hacía mucho frío; pero el que sentían ahora con la cabaña cerrada y el fuego ardiendo, era algo nuevo. 

Mientras contemplaban los reflejos rojizos del fuego trataron de entender el asunto. 
Sentían tanto frío como si estuvieran afuera. ¿Entonces en el exterior qué temperatura hacía? Eran hombres simples y su reacción fue simple. Sin decir palabra fueron juntos y abrieron la puerta. Enseguida sintieron como cortes en las mejillas y tuvieron que cerrar los ojos. Cerraron de golpe. El frío era absurdo incluso para aquella región y en esa época del año.

—¡Maldición! ¡Esto se sale de lo normal! —exclamó Sam inclinado sobre la estufa y tendiendo las manos hacia esta—. ¿Cuántos grados bajo cero crees que hay, setenta, ochenta?
—Por lo menos —le contestó Ariel, arrimándose también a la calidez.
—Nunca escuché que aquí pudiera bajar tanto la temperatura. Debe estar al doble que el récord conocido.
—Nunca menos. Pero no vamos a morir, hay bastante leña y tenemos las pieles —se consoló Ariel.

Habían estado cazando por la región desde el comienzo del invierno. Tenían un buen número de pieles, aunque sin curtir. Y pronto tuvieron que echar mano a ese recurso. Envueltos en tantas cosas como podían, se sentaron, bastante incómodos por todo lo que tenían encima, y Sam encendió la radio. Los dos tenían ganas de escuchar algo, alguien hablando sobre lo que pasaba, que era una cosa muy fuera de lo normal.

 A medida que movía la perilla escuchaban estática, palabras sueltas, frases a media que aparecían y desaparecían entre la estática, hasta que al final encontraron una frecuencia que se sintonizaba bien. Estaban en una zona muy apartada, pero habían instalado una antena casera que amplificaba las señales. Como suponían, estaban hablando del clima, pero las noticias igual los sorprendieron. En Canadá el frío era extremo, varias veces superior a la media; pero en otras regiones del mundo el asunto era al revés, calores mortales. 

Los dos se miraron. Habían escuchado algo sobre el cambio climático, pero eso no podía explicar totalmente aquello. Al rato dejaron de romperse la cabeza pensando en las causas. Fuera cual fuera, ahora lo que tenían que hacer era sobrevivir. El clima estaba extremo, pero entre las zonas frías y las calientes necesariamente tenía que hacer temperaturas más normales, solo tenían que salir de allí y alcanzar una de esas regiones.

En varias partes del mundo muchas personas pensaban lo mismo. Comenzaba la lucha por la supervivencia. 
Cuento corto sobre el cambio climático. 

  

viernes, 22 de agosto de 2025

Caminatas En La Naturaleza

 ¡Hola! Soy Jorge Leal, el autor de este blog sobre salud y naturaleza. Salir a caminar, con moderación, teniendo en cuenta nuestro estado físico, es obviamente bueno. Hay mucha información de profesionales explicando eso, sobre los beneficios físicos. Y como mente y cuerpo están unidos, también es bueno para la mente.



 Pero, dónde hagamos esa caminata, va a influir mucho en los beneficios para la mente. No es ningún secreto que pasear por la naturaleza es mejor, todos lo saben. De todas formas, considero útil dejar en claro las diferencias entre una caminata en la ciudad, y una en un entorno natural, para alentar está última práctica, que a muchas personas les cuesta más, ya sea por motivos de logística, de traslado, o por qué no se sienten cómodos en lugares apartados. 

Sobre esto último, sí puede ser un inconveniente, y hay muchos aspectos a considerar. Esos temas los trataré en otras entradas. Ahora te dejo un relato que deja en claro lo mucho que incide el lugar por donde caminamos, y tal vez te sirva de inspiración. Gracias.


Mario y Antonio salieron a caminar. Ambos hacían algo bueno para su salud, pero había una gran diferencia. Antonio partió de su hogar a paso lento, con pocas ganas. No disfrutaba de la caminata, solo se obligaba a hacerla por su salud. Hizo varias calles saludando al paso a varios conocidos, y así llegó a una avenida que era su lugar habitual para caminar. 

También era el lugar elegido por un montón de gente. Algunos paseaban a sus perros, otros trotaban con los auriculares puestos, casi indiferentes a todo. Esa actividad transcurría entre el ruido del tránsito. Las esquinas eran de cuidado. La combinación de gente distraída caminando, y conductores apurados e imprudentes, muchas veces terminaba mal. 

Mario, que vivía del otro lado de la ciudad, subió a su vehículo y condujo hacia una ruta que se alejaba de las zonas densamente pobladas. No hizo muchos kilómetros, solo lo suficiente para alcanzar una zona rural. Estacionó en el comienzo de un camino ancho de tierra que daba en la ruta. En un lado solo había bosque, en el otro, un local grande donde funcionaba un mercado de ramos generales, que vendía de todo un poco. Se podía afirmar que bastante gente pasaba por el lugar, porque siempre había algunos vehículos afuera, y clientes comprando en el interior. Era un lugar seguro donde dejar el auto. Mario era precavido. 

Antonio continuó su caminata entre aquel bullicio urbano. En una esquina, un motociclista ignoró la luz roja. Se salvó de que lo atropellaran zigzagueando, y siguió como si nada. Una transeúnte que esperaba allí ahogó un grito, y Antonio se llevó las manos a la cabeza. ¡Que imprudencia la de ese muchacho! Y era algo tan común. Hizo una pausa para tomar un trago de agua de la botellita que llevaba en la riñonera, y sin poder sacarse de la cabeza la imagen del casi accidente fatal que acababa de ver, siguió su obligatoria caminata. Ya había visto cosas peores y no quería vivir otra.

Lejos de ahí, Mario tomó el camino de tierra, ahora a pie, y poco rato después los sonidos de la ruta se apagaron. En un costado pastaban mansamente algunas vacas. Una de ellas tenía tres pájaros en el lomo, y una de las confianzudas aves, avanzó a los saltitos por el pescuezo y le picoteó una oreja. La vaca ladeó la cabeza para ahuyentarlo. Eso ya no era tolerable. Mario sonrió ante ese pequeño espectáculo.

 Del otro lado el bosque estaba silencioso. Eso lo hacía prestar atención, pero a qué, no lo sabía. Era una atención agradable, solo algo del instinto, la parte sencilla y primitiva de su mente que ahí tomaba el control. Los problemas, las preocupaciones del día, ya parecían algo lejano, casi como de otra vida. 




(Paisaje natural, pampa uruguaya y monte nativo)


En la avenida el tránsito se hizo más pesado. Algunos vehículos tocaban la bocina. Antonio pensó que la gente parecía muy apurada ese día. Tendrían sus problemas como todos, como él. Inevitablemente, comenzó a pensar en las cosas que lo agobiaban. 

Avanzó tan inmerso en su mundo, en esa lucha entre soluciones y problemas, que casi pisó a un pequeño perrito que una señora muy mayor llevaba atado a una correa. Antonio se disculpó inmediatamente. La señora le dijo que no pasaba nada, aunque su cara decía otra cosa. El perrito no disimuló su enfado, y le mostró los dientes.

Siguió la avenida, ahora un poco más atento, pero con unas ganas crecientes de volver, aunque había caminado poco.

En el camino solitario, Mario doblo en un sendero transversal que se perdía en el bosque. Este era angosto y las marcas de tránsito eran más escasas, evidenciando que muy poca gente pasaba por allí. La atención hacia su entorno lo dominaba completamente. 

Sentía que sus sentidos se expandían, a la vez que crecía la calma. Su mente estaba aquietada, solo observaba, contemplaba. Entre los árboles cruzaban algunos pájaros, mudos en su vuelo, mientras otros cantaban ocultos en el follaje. 

De repente, un ruido más fuerte y cercano. Giró la cabeza hacia el posible origen del ruido, y quedó mirando a un ciervo que a la vez lo miraba a él. Mario se detuvo. Hombre y bestia se observaron un momento, hasta que el ciervo, con un movimiento repentino, salió a los saltos y pronto se perdió entre los árboles.

 Mario sonrió feliz. ¡Que encuentro! Era la primera vez que le pasaba algo así. Ahora tenía una buena anécdota para contar sobre sus caminatas. Hizo unos kilómetros más y regresó, inmerso en calma y serenidad, y sintiéndose renovado.

En la avenida ruidosa, Antonio alcanzó una pequeña plaza. Allí, unos vagos, desparramados en unos bancos, le decían cosas a la gente que pasaba, lanzando risotadas cuando alguno reaccionaba. A él le pidieron dinero. Les dijo que no tenía, que no salía a caminar con dinero. Entonces lo insultaron, enfocándose enseguida en otro transeúnte. 

Antonio respiró hondo. Por qué tenía que soportar aquello. Eso no podía ser bueno para su presión. Hizo dos cuadras más y regresó, ahora por la otra vereda. Ya en su hogar, pensó que la actividad física sin dudas le hacía bien, pero le hacía falta algo para despejar la mente. FIN.

Peligros naturales en Uruguay

 Hola. Sí, en Uruguay la naturaleza es hermosa pero también peligrosa, como en todos lados. Hay practicar actividades al aire libre, sobre ...