¡Hola! Soy Jorge Leal, el autor de este blog sobre salud y naturaleza. Salir a caminar, con moderación, teniendo en cuenta nuestro estado físico, es obviamente bueno. Hay mucha información de profesionales explicando eso, sobre los beneficios físicos. Y como mente y cuerpo están unidos, también es bueno para la mente.
Pero, dónde hagamos esa caminata, va a influir mucho en los beneficios para la mente. No es ningún secreto que pasear por la naturaleza es mejor, todos lo saben. De todas formas, considero útil dejar en claro las diferencias entre una caminata en la ciudad, y una en un entorno natural, para alentar está última práctica, que a muchas personas les cuesta más, ya sea por motivos de logística, de traslado, o por qué no se sienten cómodos en lugares apartados.
Sobre esto último, sí puede ser un inconveniente, y hay muchos aspectos a considerar. Esos temas los trataré en otras entradas. Ahora te dejo un relato que deja en claro lo mucho que incide el lugar por donde caminamos, y tal vez te sirva de inspiración. Gracias.
Mario y Antonio salieron a caminar. Ambos hacían algo bueno para su salud, pero había una gran diferencia. Antonio partió de su hogar a paso lento, con pocas ganas. No disfrutaba de la caminata, solo se obligaba a hacerla por su salud. Hizo varias calles saludando al paso a varios conocidos, y así llegó a una avenida que era su lugar habitual para caminar.
También era el lugar elegido por un montón de gente. Algunos paseaban a sus perros, otros trotaban con los auriculares puestos, casi indiferentes a todo. Esa actividad transcurría entre el ruido del tránsito. Las esquinas eran de cuidado. La combinación de gente distraída caminando, y conductores apurados e imprudentes, muchas veces terminaba mal.
Mario, que vivía del otro lado de la ciudad, subió a su vehículo y condujo hacia una ruta que se alejaba de las zonas densamente pobladas. No hizo muchos kilómetros, solo lo suficiente para alcanzar una zona rural. Estacionó en el comienzo de un camino ancho de tierra que daba en la ruta. En un lado solo había bosque, en el otro, un local grande donde funcionaba un mercado de ramos generales, que vendía de todo un poco. Se podía afirmar que bastante gente pasaba por el lugar, porque siempre había algunos vehículos afuera, y clientes comprando en el interior. Era un lugar seguro donde dejar el auto. Mario era precavido.
Antonio continuó su caminata entre aquel bullicio urbano. En una esquina, un motociclista ignoró la luz roja. Se salvó de que lo atropellaran zigzagueando, y siguió como si nada. Una transeúnte que esperaba allí ahogó un grito, y Antonio se llevó las manos a la cabeza. ¡Que imprudencia la de ese muchacho! Y era algo tan común. Hizo una pausa para tomar un trago de agua de la botellita que llevaba en la riñonera, y sin poder sacarse de la cabeza la imagen del casi accidente fatal que acababa de ver, siguió su obligatoria caminata. Ya había visto cosas peores y no quería vivir otra.
Lejos de ahí, Mario tomó el camino de tierra, ahora a pie, y poco rato después los sonidos de la ruta se apagaron. En un costado pastaban mansamente algunas vacas. Una de ellas tenía tres pájaros en el lomo, y una de las confianzudas aves, avanzó a los saltitos por el pescuezo y le picoteó una oreja. La vaca ladeó la cabeza para ahuyentarlo. Eso ya no era tolerable. Mario sonrió ante ese pequeño espectáculo.
Del otro lado el bosque estaba silencioso. Eso lo hacía prestar atención, pero a qué, no lo sabía. Era una atención agradable, solo algo del instinto, la parte sencilla y primitiva de su mente que ahí tomaba el control. Los problemas, las preocupaciones del día, ya parecían algo lejano, casi como de otra vida.
(Paisaje natural, pampa uruguaya y monte nativo)
En la avenida el tránsito se hizo más pesado. Algunos vehículos tocaban la bocina. Antonio pensó que la gente parecía muy apurada ese día. Tendrían sus problemas como todos, como él. Inevitablemente, comenzó a pensar en las cosas que lo agobiaban.
Avanzó tan inmerso en su mundo, en esa lucha entre soluciones y problemas, que casi pisó a un pequeño perrito que una señora muy mayor llevaba atado a una correa. Antonio se disculpó inmediatamente. La señora le dijo que no pasaba nada, aunque su cara decía otra cosa. El perrito no disimuló su enfado, y le mostró los dientes.
Siguió la avenida, ahora un poco más atento, pero con unas ganas crecientes de volver, aunque había caminado poco.
En el camino solitario, Mario doblo en un sendero transversal que se perdía en el bosque. Este era angosto y las marcas de tránsito eran más escasas, evidenciando que muy poca gente pasaba por allí. La atención hacia su entorno lo dominaba completamente.
Sentía que sus sentidos se expandían, a la vez que crecía la calma. Su mente estaba aquietada, solo observaba, contemplaba. Entre los árboles cruzaban algunos pájaros, mudos en su vuelo, mientras otros cantaban ocultos en el follaje.
De repente, un ruido más fuerte y cercano. Giró la cabeza hacia el posible origen del ruido, y quedó mirando a un ciervo que a la vez lo miraba a él. Mario se detuvo. Hombre y bestia se observaron un momento, hasta que el ciervo, con un movimiento repentino, salió a los saltos y pronto se perdió entre los árboles.
Mario sonrió feliz. ¡Que encuentro! Era la primera vez que le pasaba algo así. Ahora tenía una buena anécdota para contar sobre sus caminatas. Hizo unos kilómetros más y regresó, inmerso en calma y serenidad, y sintiéndose renovado.
En la avenida ruidosa, Antonio alcanzó una pequeña plaza. Allí, unos vagos, desparramados en unos bancos, le decían cosas a la gente que pasaba, lanzando risotadas cuando alguno reaccionaba. A él le pidieron dinero. Les dijo que no tenía, que no salía a caminar con dinero. Entonces lo insultaron, enfocándose enseguida en otro transeúnte.
Antonio respiró hondo. Por qué tenía que soportar aquello. Eso no podía ser bueno para su presión. Hizo dos cuadras más y regresó, ahora por la otra vereda. Ya en su hogar, pensó que la actividad física sin dudas le hacía bien, pero le hacía falta algo para despejar la mente. FIN.

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